ruben cucuzza, argentina
Mi hijo mayor cumplía 34 años el domingo pasado y quise regalarle una camisa de cierta marca para lo cual marchamos con mi nieto hacia un shopping único lugar abierto donde conseguirla. Al salir de mi casa había manoteado un trozo de piolín de unos dos metros pensando qué zanguangadas haría con Julián mi nieto en el paseo de compras. Ya al bajar del estacionamiento me convertí en el auxilio mecánico y el pibe en un coche descompuesto arrastrado al mecánico por un piolín. En el primer piso el abuelo era el coche y el nieto el auxilio. Después fuimos un paseador de perros con su perro salchicha (mi nieto le agregó mostaza por lo que no podía acariciar ni tocar al perro), una nube enganchada para evitar que se la llevara la tormenta, un pescador con su pescado en un torneo de pesca, y la seguíamos. El tema fue cuando descubrió que si soltaba de golpe el piolín el abuelo salía disparado dos o tres metros trastabillando por el impulso y más o menos fue por el segundo piso del shopping casi entrando a la tienda (?) de camisas. Mientras mi hijo se probaba la camisa seguíamos luchando con el piolín y fui a parar dos veces a los tumbos sobre un sillón de cuero mientras Julián lloraba a carcajadas de la risa y alguno que otro comprador también menos mi hijo que se escondió en el probador y no quería salir. Nos fuimos piolineando hasta un restaurant con peloteros donde se le ocurrió a mi hija de 30 años que podíamos almorzar con mi otra nieta que se salvo del piolín por ahora porque recién está dando sus primeros pasos. El restaurant era un espanto de esos que se pusieron de moda donde los chicos son capturados por unas azafatas jardineras animafiestas mientras los adultos comen detrás de unos poderosos blindex que no dejan pasar ni un llorido ni un provechito de los pibes que están del otro lado donde comen separados. Lucía patética una abuela que se coló entre los chicos bailando no se qué cosa extraña porque no se escuchaba la música de uno de los animadores. No, no, no, señores. Esta no me la compro nunca más. Nada que ver con los cumples arraviolados que fabricaba mi madre, la Mámamaría, donde toda la famiglia unita almorzaba mientras algún recién iniciado en las artes del tenedor hacía un desparramo de albóndigas y tuco sobre el mantel. Cuando nos íbamos del infantario guardé el piolín para la próxima que no será en ese guardachicos de plástico aunque pensándolo bien la próxima hasta nos vamos a imaginar el piolín que tampoco es necesario cuando se quiere jugar de verdad aunque sea de mentira.
Rubén Cucuzza Luján, 4 de diciembre de 2005 (In memoriam de la Mámamaría)
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Por lobitogabriel - 11 de Diciembre, 2005, 15:34, Categoría: lecturas
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